26.8.08

Día sol

Camino un poco más lento que a mi ritmo como para establecer que estoy paseando. Me imagino protagonista de un corto musicalizado por mi reproductor de mp3. Lo cargué especialmente para andar y creo que por eso combina tan bien con mi estado de ánimo y el solcito que me pega en la cara.

Pasa un señor corriendo por plena avenida; es un hombre de unos sesenta años bronceado –se nota- de salir a trotar seguido con esos shorcitos que lleva puestos ahora. Lo miro y él, sin saberlo, corre al ritmo de la música de piano que tengo en los oídos.

El Parque Centenario está a full y la feria me obliga a disminuir el paso. Voy directo a los libros y me saco los auriculares para despegarme un rato del autismo y ser gentil. Decir ‘hola’ si me saludan y ‘gracias’ si me ofrecen ayuda. Además, me gusta escuchar qué libros pide la gente, establecer si a ese chico le gusta leer o vino a buscar algo que le pidieron en el colegio o si esa chica ama el olor a hojas viejas o sólo intenta ahorrarse unos pesos, o las dos cosas.

Mientras miro libros de poesía en el puesto de mi vendedor favorito, Hugo, llega un flaco y se ponen a conversar. Hablan de fúbol, del profesional y del torneo en que juega el reciente visitante. Y hablan de amor. El vendedor le pide que le recuerde el nombre de su enamorada y el chico le cuenta que se fue, que cuando él quiso más compromiso en la relación que acababan de iniciar ella se asustó y le pidió un tiempo y él se enojó. En ese momento me asaltan las ganas de levantar la vista para verle la cara a esa especie en extinción de jóvenes que quieren relaciones comprometidas, pero me reprimo para no avergonzarlo. Me pongo en su lugar y considero que no me gustaría que alguien atinara a mirarme recién cuando comento que una persona me abandonó.

Un chico paró a preguntar si vendían postales con la estatua de la libertad. El vendedor dijo que no gentilmente y cuando su conocido se rió él dijo ‘ah… sí’, como dejando entrever que a esta altura no le sorprenden esos pedidos insólitos.

Compré dos libros en distintos puestos (uno al señor Hugo) y decidí irme para no gastar más (hacía menos de dos días había comprado tres libros prometiendo que eran los últimos) y porque tenía hambre. Sin embargo me tentó una chica que acomodaba láminas sobre una banqueta y me paré a ver si había alguna interesante. Pérez Celis se había ganado la punta de la fila por haber muerto hace semanas; después había cosas de Seguí, Gorriarena, Molina Campos y otros. Mientras chusmeaba, paró el mismo flaco que antes y averiguó:

-¿Qué son, láminas?
-Sí.
-¿Y tenés la estatua de la libertad?
-¿De quién es?
-Una que tiene el brazo levantado y una antorcha en la mano.

La chica sonríe y responde que no.

-¿Y algo de Egipto?
-Tampoco.

Se van, y yo me escapo en busca de una merienda de cortados gigantes, medialunas y lectura en un bar. Aunque el camino más directo al café es por la avenida, me meto callecitas adentro, donde el barrio todavía es barrio y las conversaciones de los pájaros se escuchan más fuertes que el rugir de los autos.

4 comentarios:

Julia dijo...

Ayy, me hubiera gustado acompañarte, Ce! Te quiero tanto! Qué insistente el de la estatua de la libertad... además, está loco! o sería para hacerle una jodita a alguien? igual, ni en joda, otra que estudiar para policía o en la policía! como siempre, luego del matete enreverado de cosas, me despido, esperando, como siempre, verte en breve. Besote!

Jeru dijo...

Ceso! todavia estoy esperando tu cuento por correo tradicional! Igual siempre paso por tu blog, me gusta. Y creo que me gustas vos, y me gusta que uses vestidos y polleras.

Tomás en Shorts dijo...

que buena historia. muy cine indie nacional. je

cel. dijo...

ju: yo creo que tenían que hacer un trabajo práctico para el cole. mi papá me dijo traidora hoy porque tampoco le avisé a él para que me acompañe.

jeru: paciencia con el cuento! qué declaraciones polémicas (?). gracias por los elogios, me hacen sonreír avergonzada.

tom: hice un curso de cine indie, no te dije? =oP
juntémonos. mando mail.