23.11.09

Tres fragmentos de Miguel Guardia

I

Ya no hay hombres, ¿me oyes?, ya no hay hombres:
todos asisten diariamente a una oficina
y son buenos empleados y trabajadores;
todos están casados y tienen hijos innumerables,
y acostumbran hacer un paseo dominical,
provistos de bolsas en las que hay tortas y refrescos [...]
Y yo no sabía nada de esto y estaba mudo.
y me levantaba contento en las mañanas
y hablaba de amor y de nostalgia como lo más hermoso
y lo más terrible que puede sucederle a un hombre.
Se aprenden, sin embargo, palabras oscuras
y cambian de sentido nuestras viejas palabras.

II

Si por lo menos sintieran algo del dolor del mundo,
si se conmovieran, por lo menos, con un verso sencillo,
si un odio simple les partiera el alma,
si por lo menos lloraran con un dolor sencillo;
su pecho sonaría más como un ataúd;
sabrían que las sirenas de las ambulancias
aúllan, como mujeres enloquecidas, al olor de la sangre:
que hay niños que se quejan suavemente,
como si cantaran una antigua canción,
porque se están muriendo sin que nadie lo sepa [...]
estoy vivo, estás viva, y existe la esperanza,
pero tengo que despedirme de estas palabras mías
que no gritaré jamás, porque sólo soy un hombre.

III

Amigos, vamos a romperle la madre.
y si es necesario llevar odio en el corazón,
lo llevaremos. Y el rencor y la saña.
Porque estamos obligados a ser inexorables;
porque han sido muchas las veces en que el infortunio
ha violado nuestras puertas.

4 comentarios:

1690ta dijo...

Muy bueno y muy cierto. Saludos

cat dijo...

la reputamadre, ya no hay nada.
nos vemos el jueves, ¡ah! basta de pensar

cecilia. dijo...

1960: saludos! y esa librería? voy a ver cuándo puedo pasar a chusmear.

cat: te veo el jueves, pensando, pero en cosas bonitas.

Amanda dijo...

esta muy bueno.
las tres ultimas lineas del II y todo el III me viene justo justo para una decisión que tengo te tomar en estos días.

Así que:
A romperle la madre.
y si es necesario llevar odio en el corazón,
lo llevaremos. Y el rencor y la saña.
Porque estamos obligados a ser inexorables;
porque han sido muchas las veces en que el infortunio
ha violado nuestras puertas.